Vinos para norcoreanos

Recuerdo haber visto hace años, no muchos, un documental en el que dos jóvenes norcoreanos arriesgaban el pellejo para cruzar la frontera hacia el Sur en busca de una vida mejor. Al menos eso creían ellos. Tiempo después sus destinos tomaron caminos radicalmente opuestos. Mientras uno se abría a un mundo de libertades y oportunidades, el otro solo era capaz de ver la frustración que le generaban las permanentes elecciones que debía tomar. Algo tan sencillo como ponerse unos pantalones le generaba una constante exasperación ¿qué pantalones me pongo? ¿largos, cortos, jeansslim fitskinnywide leg…? Seguro que cualquiera menos unos relaxed fit.

La cuestión es que este estrés decisional, al que el psicólogo Roy F. Baumeister bautizó como “fatiga de decisión”, es uno de los principales factores que llevan a muchos norcoreanos a tomar la triste e irreparable decisión de cortar por lo sano y abreviar sus días. Tampoco pretendo con esto promover la cultura del uniforme al más puro estilo Steve Jobs para evitar fatigarnos con tanta elección, ni mucho menos hacer apología del reino del silencio norcoreano. Pero sí hacer una reflexión sobre el estrés que supone, cada día más, tomar decisiones en un mundo en constante indecisión, dónde las opciones se multiplican como los conejos en primavera. Y es que, si lo pensamos bien, pasamos todo el puñetero día eligiendo.

Bueno, ¿y esto que tiene que ver con el vino? Pues bastante la verdad. Al menos yo me siento un poco norcoreano cada vez que me toca elegir un vino, y ya no hablemos de elegir que me voy a llevar a la boca, hasta el punto de que siempre que puedo dejo escoger al cocinero, me sirve para descargar el peso de la decisión sobre sus hombros y de paso ahorrarme muchas decepciones.

Pero volviendo a lo que nos ocupa, el líquido, esto no hace más que complicarse… Para mi, que respiro vino todo el día, puede ser soportable, para los que seáis bebedores moderados ­–que viendo las estadísticas de consumo entiendo que sois la mayoría– me lo imagino más difícil que acertar el próximo país en ser invadido por Trump. Y es que cada vez nos lo ponen más difícil, y aquí tengo que cargar contra las bodegas y su condenada manía de complicarnos la existencia, de generarnos “fatiga de decisión” antes que sed. Porque si ya existen más regiones vitícolas y variedades de uva que arena en el desierto, no sé que lleva a alguien a plantearse ‘sine dubio’ que necesitamos probar todas las parcelas de su propiedad. Amigo, termina el trabajo, pruébalas tú, escoge una, o dos, como mucho tres, nosé… y aligéranos un poco la carga vital que supone escoger un vino. ¿O es que solo a mi me ha pasado probar seis, siete, puede que ocho –a veces ya pierdo la cuenta– parcelas vinificadas por separado de fincas, que no son la misma por obra y gracia del testamento de los antiguos, pero que saben exactamente igual? O al menos reconozco mi incapacidad para distinguirlas.

Pero en todo caso, si no se distinguen, me pregunto que anhelo velado empuja a alguien a embotellarlas y comercializarlas por separado. Porque si es dejarme a mi la “libertad” de decidir, casi prefiero que se pongan los bodegueros en plan caudillo y decidan por mi. Yo al menos lo creo así. Porque ya me pasa que cada vez que caigo bajo el hechizo de un vino, a cada restaurante que piso han tenido a bien “elegir” una parcela justamente de esa bodega, de ese elaborador, esa misma marca, pero no precisamente la dueña de mis desvelos. ¡Aish! ¡Que cerca! Así no hay quien acierte. 

Simplifiquen amigos bodegueros. Elijan ustedes. Elijan bien. A veces menos es más. Hagan vinos para norcoreanos, lo nuestro es beber, no ejercer de comité de cata.

Mateo Seoane – Publicado en Revista La Alacena Roja nº 75 (Mayo/Junio 2026)