Me siento en la obligación moral de dedicar estas primeras líneas a aclarar –porque siempre hay algún despistado con muy mala sangre– que esta página, y las futuras, las dedicaré a expresar mi humilde opinión, la mía, que por supuesto está sujeta a rechazo, y no tiene porque coincidir con la suya, ni siquiera con la de la mayoría. Supongo que la más cruel de las críticas siempre es más satisfactoria para quien escribe que la más fría indiferencia. Ese es mi consuelo al menos.
Aclarado este punto, me embarco en lo que nos ocupa, el vino. Para ser más precisos, su consumo, ese que según nos hemos acostumbrado ya a leer en medios y escuchar en conversaciones de bar, no deja de caer con dirección al fondo del abismo sin aparente voluntad de retorno. Y es que estas nuevas generaciones no paran de hacernos la puñeta a los que nos dedicamos al sector, con su obsesión por llevar una vida más ‘healthy’ y su incapacidad para llegar a fin de mes, y claro, así no hay quien sea capaz de conseguir que se entreguen al placer onírico de disfrutar de una copa de buen vino. En resumen, que beben la mitad que sus padres. Todo se nos va al garete. Nueve mil años bebiendo vino y vienen ahora los de la generación Z a ponerle el broche al abecedario y al milenario sector del vino. La verdad que me entran ganas de cerrar el chiringuito.
Pero no nos pongamos dramáticos, y tratemos de arrojar luz sobre este asunto. Esto se lo dice un servidor, miembro de pleno derecho de la generación ‘millennial’, sí los mismos que hasta hace poco bebíamos la mitad que nuestros padres –por esta regla de tres nuestros abuelos debían darle duro a esto de las bebidas fermentadas–, íbamos a acabar con el vino a nivel planetario, y quien sabe de que otras barbaridades seríamos capaces. Ahora resulta que somos la generación que sostiene su consumo. No sé, no lo veo claro Rick. Una generación, la Z, que tiene entre 14 y 29 años de edad, creo que aún tiene asuntos por resolver antes de determinar su relación con el fruto de la uva. Yo mismo que me confieso gran consumidor, probé mi primer vino con 23, y no fue hasta años más tarde que realmente lo empecé a disfrutar. Creo que, basándome en la evidencia, lo más sensato es darles tiempo, y dárnoslo a nosotros, para prepararnos.
Y es que si en algo coinciden las encuestas es que las nuevas generaciones además de abstemios precoces son –o somos– unos grandes amantes de la gastronomía, mucho más curiosos. Y es aquí justamente, en la gastronomía, como arte del buen comer, en la experiencia, dónde está la clave del asunto.
Hace miles de años para nuestros ancestros el vino era una bebida segura, libre de gérmenes, que te la bebías y no te mataba, si además te motivaba para enfrentarte a un romano invasor pues eso que te llevabas. Para nuestros abuelos el vino era en muchos casos la fuerza líquida que sostenía las duras faenas del campo, y para nosotros es una elección, un placer consciente. Y la bebida misma, la forma de disfrutarla, de compartirla, de vivir la experiencia ha cambiado, se ha refinado, se ha domesticado.
Los jóvenes –y los ya no tanto– gastan más en ocio que sus padres y sus abuelos, viven más fuera de casa, disfrutan más de la experiencia que del producto. Y el vino es el aliado perfecto de la gastronomía, porque comer bien sin beber bien, es perderse la mitad de la experiencia. Porque hablar de vino sin hacerlo de tradición, de cultura, del orgullo de quienes lo elaboran y el placer de quienes lo degustan, es no entender hacia dónde se dirige el sector. Porque un sector entero no cambia de la mañana a la noche, porque llevamos años viendo como el enoturismo, los cursos de cata, los maridajes y un sinfín de experiencias en torno a esta bebida milenaria ganan adeptos. Porque si inventamos el vino antes que la rueda, no vamos a dejar de beberlo ahora, porque el vino, el buen vino, forma parte de nuestra vida más que nunca.
Hay vino para rato. Al menos, yo lo creo.
Mateo Seoane – Publicado en Revista La Alacena Roja nº 74 (Marzo/Abril 2026)
